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La escuelita zapatista: una nueva cultura política*

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Imagen editorial: La escuelita zapatista: una nueva cultura política*

El presente documento primario, titulado ‘La escuelita zapatista: una nueva cultura política*’, ofrece una reflexión crítica sobre la experiencia formativa zapatista. Publicado originalmente en ‘desde abajo’, el texto explora la construcción de una propuesta política distinta. Se analiza cómo el zapatismo se desmarca de las tradiciones revolucionarias del siglo XX, enfatizando un enfoque ético y de servicio.

Este material se integra al archivo por su valiosa contribución al estudio de las transformaciones subjetivas y colectivas en contextos de resistencia. Aborda aspectos psicológicos de la militancia, la ética en la acción política y la redefinición de roles de liderazgo desde una perspectiva comunitaria. Su inclusión permite comprender procesos de autonomía y nuevas formas de organización social.

Publicado en desde abajo

Tengo nostalgia de la gente pobre y auténtica que luchaba para derribar al patrón sin convertirse en el patrón.
Puesto que estaban excluidos de todo, nadie los había colonizado.

Pier Paolo Pasolini

En 1995, hace ya casi veinte años, estuve un mes en La Realidad, donde conviví con la comunidad y las bases de apoyo zapatistas, participé en algunos trabajos colectivos, tuve intercambios con jóvenes, mujeres y hombres, y mantuve una entrevista con el comandante Tacho. Antes y después de mi estadía en aquel maravilloso lugar leí casi todos los comunicados del Ccri (Comité Clandestino Revolucionario Insurgente) y del subcomandante insurgente Marcos, consulté libros, hablé con personas en San Cristóbal y en México que conocían más de cerca el proceso. En fin, creía que sabía bastante del zapatismo.

 

Pero cuando estuve en la escuelita, en la comunidad 8 de Marzo, del municipio 17 de Noviembre del Caracol Morelia, en diciembre de 2013 se me hizo evidente todo lo que ignoraba. Digamos que no había aprendido lo elemental. Creo que ahora tampoco. Apenas pude entender más cosas, pero en unos años siento que volveré a decir lo mismo: cuánto ignoro sobre lo que están haciendo los zapatistas. Ahora me voy a limitar a transcribir algunas percepciones que tuve a raíz de mi participación en la escuelita, del intercambio con otros compañeros y compañeras que también estuvieron y teniendo como telón de fondo la experiencia nasa del Cauca. Se trata de poner juntas dos experiencias de lucha que, de algún modo, se iluminan mutuamente. Si hasta ahora hablé de los nasa, ahora daré paso a lo que entiendo del zapatismo porque una de las cosas que aprendí es que abordan el tema que propone Fanon, la doble emancipación, material y subjetiva, desde otro lugar.

En primer lugar, debe recordarse siempre que las comunidades y las bases de apoyo zapatistas consiguieron “expropiar a los expropiadores” a raíz del levantamiento del 1 de enero de 1994. La comunidad 8 de Marzo se asienta en una de las fincas del terrateniente Pepe Castellanos, hermano de Absalón, ex gobernador y ex terrateniente de Chiapas. Sin ese paso, no hubiera sido posible nada de lo que vino después, ni la construcción de la comunidad autónoma, de los municipios autónomos, ni los Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno.

El zapatismo va más allá de la negación, del Ya Basta, del necesario y nunca concluido combate contra el capital y el Estado. Su aspecto más innovador, como sabemos, consiste en la renuncia al vínculo con éste. No aceptan recibir sus políticas sociales, ni bajo la forma de subsidios ni como alimentos ni viviendas. Tampoco quieren ocuparlo, ni por la vía electoral ni por la insurreccional. Apuestan a construir un mundo nuevo y diferente en los territorios que re-conquistaron. Las personas que entren en tratos con el estado dejan de pertenecer al movimiento. En este punto han mostrado una radical coherencia, lo que ha provocado que numerosas comunidades se dividan o que muchas familias abandonen el movimiento al subordinarse a las políticas contrainsurgentes del gobierno y las fuerzas armadas.

Creo que el zapatismo se desgaja de la tradición revolucionaria occidental en varios aspectos centrales de la misma y, como sostenemos algunos de los que acompañamos su lucha, representa la ruptura más radical con las viejas formas de hacer política. Lo que sigue es un recorrido por una decena de aspectos en los que el zapatismo muestra modos de hacer que lo distancian de la cultura política revolucionaria del siglo XX, tanto la de cuño marxista como anarquista, ya sea de la tradición insurreccional europea o de la guerra popular y prolongada maoísta.

La ética al timón de mando

La ética es imprescindible para cambiar el mundo. Todo lo demás viene después. Algo así nos dicen los zapatistas. La centralidad de la ética no es el resultado de sesudas lecturas filosóficas sino algo mucho más sencillo y básico: es la que guía los pasos de los rebeldes, la que lleva a los militantes al compromiso con los que más sufren, con los olvidados. Ética que implica poner el cuerpo, incluso arriesgar la vida, en cada decisión que se toma.

El zapatismo nos ha enseñado la importancia de escuchar y de obedecer allí donde la izquierda acostumbra hablar y mandar. No hay precedentes en las organizaciones revolucionarias de que hayan sido capaces de someterse a los pueblos, de cambiar de raíz la cultura política que llevaban, lo que Marcos denomina como “derrota” del pequeño grupo que se internó en la selva. “El contacto con los pueblos significó un proceso de reeducación más fuerte y más terrible que los electroshocks que acostumbran en las clínicas siquiátricas” Subcomandante Insurgente Marcos (1).

Aunque el resultado fue el descripto por Marcos, el proceso fue lento, plagado de dolores. Pudieron afrontar el aislamiento y la soledad por esa carga ética que llevaban tanto los mestizos que provenían de la ciudad como los indígenas que forman el Ezln. Los que se habían formado en la Fuerzas de Liberación Nacional (FLN) eran una guerrilla diferente a las que conocimos en América Latina, con una “ética de lucha” que los llevaba a no hacer asaltos ni secuestros para conseguir recursos sino apoyarse en los sectores sociales populares con los que trabajaban; no hacían acciones espectaculares y mediáticas; acumulaban fuerzas en silencio, esperaban el momento en que el pueblo requiriera su apoyo y decidieron irse al rincón más olvidado del país (2). En suma, no tienen vocación de vanguardia sino de servicio.

Del otro lado, los indígenas que se fueron sumando al grupo inicial y los integrantes de ese primer grupo, provenían de pueblos que habían resistido cinco siglos la dominación, la guerra, el despojo. Pero sobre todo encarnaban una historia de resistencias, de pueblos que nunca se rindieron ni claudicaron. Marcelino, mi Votán (cuidador, guía, traductor) en la escuelita, ingresó a la organización en 1987; Julián, quien me recibió en su casa en la comunidad 8 de Marzo, ingresó en 1989. Relataron las reuniones clandestinas cuando los zapatistas eran decenas, quizá cientos; por la noche, en cuevas en las montañas, caminando desde el anochecer, saliendo a oscuras de la comunidad. Así durante años, en el más absoluto silencio, reuniéndose en cavernas como los primeros cristianos en la Roma imperial esclavista.

Fue un encuentro entre dos rebeldías con trayectorias diferentes. Ese hecho es asombroso y excepcional. A ese encuentro debe sumarse otro, también extraordinario: la capacidad de los militantes urbanos, formados en universidades y en la organización guerrillera, de aceptar ser guiados por los indígenas, por las comunidades y los pueblos. Por lo que conozco, este hecho no tiene precedentes. Es cierto que estuvo la guerrilla colombiana del Quintín Lame. Pero estaba formada por indígenas nasa desde el comienzo, creada y dirigida por las comunidades y los cabildos.

Escuchar, aprender y esperar. Ahí hay una ética. Pero hay también un trabajo interior. No sé decirlo con otras palabras. El haber estado aislados y en soledad (olvidados dice Marcos), les permitió “hacer un proceso de involución” que los llevó a despojarse de muchas cosas aprendidas, para poder escuchar, para aprender a esperar que “es lo más difícil”. Aquí quiero introducir un matiz. No es que se hayan encontrado aislados y olvidados contra su voluntad. Eligieron ese lugar. Desde ese lugar pudieron trabajar lo que llamo el “ego revolucionario”, el papel del macho, ilustrado, seguro de sí mismo, que es el carácter del dirigente en el que nos hemos formado, sobre todo si se trata de un guerrillero. Era el paso necesario para colocarse no por encima, siguiendo la tradición, sino por debajo de las comunidades. Servir en vez de dirigir. Obedecer en vez de mandar. Ese pasaje no se hace en dos días ni sin trabajo interior. No se puede hacer bajo los focos de los medios, en medio del ruido de la cotidianeidad, sobre templetes y frente a micrófonos. Es necesario apartarse de lo hegemónico para construir algo diferente.

Quienes comenzamos la militancia en las décadas de 1960 y 1970 nunca pensamos que una de nuestras tareas más importantes fuera aprender del pueblo, servirlo y obedecerlo. En el mejor de los casos podíamos sentir admiración por los sectores populares, por su abnegación en la vida cotidiana y en la lucha, llegábamos a darle importancia a ciertos aspectos de su cultura como la solidaridad espontánea y el calor humano con que acogen a los que llegábamos de otros espacios. Pero incluso los que no tenemos formación universitaria, nunca creímos que pudieran existir ideas políticas correctas entre los de abajo. Menos aún una estrategia de largo aliento. Siempre actuamos buscando trasladar e imponer nuestras ideas a los sectores populares, independientemente de que esto se hiciera de forma más o menos vertical y autoritaria.

Propuestas como la “acumulación de fuerzas en silencio”, la necesidad de esperar activamente a que el pueblo se decidiera a actuar, de trabajar abajo y desde abajo sin la intención de subir, podían ser apenas reflexiones aisladas pero nunca un modo consolidado de trabajar. En suma, creo que la ética era para nosotros un medio, no un fin; no la brújula que guiaba los pasos, ni el camino mismo. Menos aún la forma de vivir y de relacionarnos con el mundo. Por supuesto que en la comunidad nadie habla de ética. Las cosas, cuando se practican, no es necesario nombrarlas.

Familia y comunidad

“La tarea primera de la persona que ingresa en la organización es trabajar con su familia”, dice Marcelino. Convencer a los hermanos, a los padres, los tíos, y así. Luego lo mismo en la comunidad o el poblado. Trabajar en el núcleo básico de la vida cotidiana. Es cierto que esos núcleos íntimos suelen ser los más seguros, los que pueden evitar que se produzcan delaciones. Pero el tema va mucho más allá y se relaciona con el modo de ver y transformar el mundo.

Para los revolucionarios la familia siempre ha sido algo ajeno al proyecto de cambio, o bien un obstáculo a superar. Nunca se la consideró como parte central del proyecto. En no pocos casos se la visualiza como un factor de conservadurismo, una limitación para la militancia de los hijos. Esta concepción, en la que nos formamos muchos militantes, ignora el papel de las madres en la defensa de la vida de sus hijos cuando arrecia la represión. Se trataba de una posición excesivamente ideologizada, que no toma en cuenta el papel de los afectos, los sentimientos y las emociones. Tampoco toma en cuenta lo local como el espacio central de la actividad militante y núcleo de los cambios.

La comunidad fue y sigue siendo estigmatizada, ya sea por representar el atraso frente a la modernidad y el progreso que suponen la ciudad y la fábrica, o en otras versiones porque anula las iniciativas individuales actuando como factor retardatario del compromiso de sus miembros. Pese a la célebre polémica entre Marx y los populistas rusos a través de la correspondencia con Vera Zasulich, en la que concede que la propiedad colectiva de la tierra que encarnaba la comuna rural rusa podría convertirse en factor de la regeneración de la sociedad socialista, aún predominan los prejuicios3. Parte de esos prejuicios pueden ser modificados luego de la convivencia con familias bases de apoyo en las comunidades zapatistas en el marco de la escuelita. Sin embargo, la inmensa mayoría de los intelectuales participaron en la escuelita desde San Cristóbal de las Casas sin entrar en contacto directo con las bases de apoyo en las comunidades. La opinión sobre la comuna y la familia rural está atravesada de fe ciega en el progreso, de una creencia no demostrada de que el campesinado es un vestigio del pasado destinado a desaparecer y que los pueblos indios no pueden aportar nada sustancial al futuro de la humanidad y a la emancipación.

Pero el escaso aprecio por la familia y la comunidad responde también al “ego revolucionario”, a la prioridad que se concede al espacio público sobre la (mal)llamada vida privada, sin considerar que es precisamente en el espacio público donde el capital ha penetrado con mayor fuerza. Pero lo decisivo, es que el descrédito de la familia y de la comunidad como espacio-tiempos de la resistencia al capitalismo y de la reconstrucción de la sociedad, encubren el desprecio de la esfera de la reproducción en favor de la centralidad de la producción, en particular la producción fabril. Por el contrario, pienso que es en la producción fabril donde la dominación del capital es más intensa, a través de la rígida división del trabajo que introdujeron el taylorismo y el fordismo primero, y luego por la automatización y el toyotismo.

La desestimación del trabajo de reproducción no sólo es reflejo del predominio del patriarcado y del machismo entre los revolucionarios, sino que atenta contra la posibilidad de transformar el mundo en una dirección opuesta al capitalismo. Los espacios de la reproducción, la familia y la comunidad, el hogar, la cocina y el dormitorio, pero también la milpa, la escuela y la sala de salud, empiezan a ocupar un lugar en la resistencia y en la construcción del mundo nuevo. Entre los zapatistas existe una clara división sexual del trabajo por la cual las mujeres se encargan de la casa, los niños, la limpieza, la alimentación y la milpa. No es una división absoluta, ni férrea. En la familia de Julián y Ester hay cierta flexibilidad para las tareas cotidianas.

Empezando por lo más elemental, Julián colabora en la cocina, en servir la comida, limpiar los platos, y se ocupa de los hijos. Todas estas tareas recaen sobre su compañera, él simplemente colabora en ciertas ocasiones, algo que no sucede en las familias no zapatistas. Ester no sólo se ocupa en la casa. Trabaja en el gallinero comunitario de las mujeres, en cuya construcción los varones de la comunidad también colaboraron. Trabaja en el cafetal comunitario de las mujeres, ya que hay dos cafetales, el de los varones y el de las mujeres. Gracias a sus emprendimientos ellas consiguen dinero suficiente para los viajes fuera de la comunidad, ya sea al Caracol o a otros sitios donde participan en talleres y cursos. Cuando Ester sale de la comunidad, Julián se encarga de la casa. “Son mis hijos y me hago cargo de ellos”, afirmó rotundamente.

Quiero decir que la marcada división sexual del trabajo en el mundo indígena tiene en las comunidades zapatistas ciertos márgenes de flexibilidad. Del mismo modo la separación entre la casa-familia y la comunidad-colectivo es bien elástica (4). La comunidad asume el cuidado de la milpa familiar durante quince días cada vez que Julián sale a trabajar la tienda comunitaria en Altamirano. Las mujeres como Ester ocupan cargos cada cierto tiempo, y eso las coloca en espacios distintos a la casa y la comunidad.

En la resistencia zapatista así como en la construcción del mundo nuevo las familias y las comunidades ocupan un lugar muy destacado, siendo a la vez trincheras y puntos de apoyo. Esto visibiliza el trabajo de reproducción que se realiza en esos espacios. Si a eso le sumamos la contención que ofrece la comunidad a las mujeres que ocupan cargos, por encima de las resistencias y dificultades que este cambio supone, coloca al movimiento en otro lugar. Los hombres y las mujeres que se integran en el Ezln no dejan la comunidad, ni dejan sus familias, se integran al trabajo cotidiano y desde ese lugar buscan cambiar las relaciones sociales.

Al participar en los trabajos colectivos las mujeres salen de sus casas, se relacionan de otro modo con los varones, colectivizan y potencian su capacidad de hacer, fuera de los marcos tradicionales; ya sea en gallineros o tiendas comunitarias, en el cafetal, los potreros, o en cualquier otro emprendimiento, compran su ganado, construyen su autonomía como grupos de mujeres. Cientos de mujeres participan como promotoras de salud, como parteras, hueseras, yerberas o administrando medicinas occidentales. Otras muchas participan como maestras y profesoras de secundaria, hacen tareas financieras, de comunicación en las radios, en todas las áreas en las que trabaja el movimiento intentan que sean mitad varones y mitad mujeres.

Por eso, aunque se mantiene la división sexual del trabajo, sostengo que las labores de reproducción ya no son sólo cuestión de las mujeres. Cuando la comunidad se encarga de la milpa para que la mujer pueda asumir cargos; cuando la comunidad hace trabajos colectivos para levantar el gallinero comunitario de las mujeres; cuando los varones quedan a cargo de los hijos al salir la mujer de la comunidad; en todos estos casos estamos ante el involucramiento colectivo en el trabajo de reproducción. No conozco otro movimiento que haya ido tan lejos, que haya sido capaz de modificar las relaciones de poder entre los géneros; aunque es evidente que falta mucho, que hay resistencias importantes, y que los cambios pueden neutralizarse por el peso muerto de las inercias.

La familia y la comunidad, el territorio que ocupan, es un espacio estratégico re-significado por el zapatismo, porque en esos espacios han creado nuevas relaciones sociales, de producción y reproducción, materiales y simbólicas. Esos son los espacios prioritarios de las mujeres y los niños, y lo que no se puede modificar allí, en lo local, tampoco podrá modificarse a escala mayor.

Trabajos colectivos

“Los trabajos colectivos son el motor de la autonomía”, dice alguien en una reunión en la comunidad. En efecto, los trabajos colectivos son el corazón del movimiento. Comenzaron mucho antes del levantamiento, según varios testimonios ya en 1988 había trabajos colectivos en la clandestinidad (5). Los trabajos colectivos existen en los tres niveles: tanto en las comunidades como en los municipios autónomos o en los Caracoles. Hay trabajos de mujeres y de varones; se practican en el área de salud, en las escuelas y las secundarias. Los trabajos colectivos de los zapatistas son el núcleo duro de la autonomía en todas y cada una de las esferas del zapatismo. Desde los niños hasta los ancianos.

Estos trabajos tienen dos dimensiones: la material y la subjetiva. A través de los trabajos colectivos los zapatistas construyeron su mundo: los Caracoles donde funcionan las Juntas de Buen Gobierno, los municipios autónomos, todos los espacios donde funcionan las escuelas y las secundarias, las salas de salud, las clínicas y los hospitales, las tiendas y los cientos de emprendimientos comunitarios. Por eso son el motor, porque permiten levantar y sostener día a día el mundo nuevo. Ser zapatista es sinónimo de realizar trabajos colectivos.

Sin estos trabajos en los que participa toda la comunidad no habría autonomía, porque deberían depender de otros, del estado, de la solidaridad nacional o internacional. Aunque la solidaridad ha realizado importantes contribuciones materiales, el trabajo concreto corresponde a las bases de apoyo.

Los trabajos colectivos refuerzan la resistencia. Son la respuesta a las políticas sociales del gobierno para dividir a las comunidades donando alimentos, animales y viviendas a quienes se identifican con el PRI. “La respuesta que nosotros estamos dando son los trabajos colectivos”, señala un ex miembro del municipio autónomo San Andrés en la región Oventik (6).

Los trabajos colectivos en el municipio San Pedro de Michoacán en la región la Realidad abarcan todos los aspectos de la vida cotidiana, desde la alimentación hasta el transporte: milpas, frijolares y ganado colectivos; sociedades que sostienen tiendas, transporte de personas y camiones; las mujeres tienen panaderías, milpas con maíz y frijol, crianzas de pollos, taller de herrería y zapatería, varios bancos incluso de mujeres que hacen préstamos a las bases de apoyo y bodegas para que no tengan que desplazarse hasta la cabecera municipal para hacer las compras (7). Con esos trabajos apoyan a las promotoras de salud, de educación, a las autoridades, agentes, comisarios, y a las diversas autoridades de los pueblos y regiones.

No es sólo el interés económico. El trabajo diferencia a los zapatistas del resto, en particular de los que reciben ayudas del gobierno. Un ex miembro de la Junta de Buen Gobierno de La Realidad, del municipio Libertad de los Pueblo Mayas, relata la visión que tienen los no zapatistas de los que integran el movimiento:

Los zapatistas están duro y duro, dale que dale en su milpa o en lo que pueden, en sus pequeños negocios, porque saben que luego se van a la clínica o al caracol a cubrir su turno, o van a ir a una reunión, según el trabajo que cada quien tenga, entonces los días que están en su comunidad trabajan duro, tienen lo suficiente para alimentarse vender lo que les resta (8).

En cuanto al aspecto subjetivo, los trabajos colectivos son dignidad y autoestima. Este es el segundo punto que planteaba Fanon, la interiorización colonial del sentido de inferioridad del colonizado. Gracias a los trabajos colectivos los zapatistas han podido levantar clínicas y hospitales donde los tratan dignamente, sin humillarlos como sucede en los centros de salud estatales. Pero además reciben en esos espacios a los priistas que no tienen hospitales cerca de sus comunidades, o no quieren pasar por la humillación. Más aún, en ocasiones las Juntas de Buen Gobierno intervienen en los conflictos entre comunidades o entre comuneros priistas, porque para ellos tienen más legitimidad y transparencia que la justicia del estado.

En las comunidades indígenas, como todas las poblaciones viven en la “zona del no-ser”, o sea donde su humanidad no es reconocida, la dominación y el control social las ejerce el estado a través de la militarización, la agresión a las mujeres y la violencia contra grupos raciales enteros (9, 10). Uno de los principales resultados es el miedo, una sensación cotidiana para los “condenados de la tierra”. Una sensación que es excepcional en los países del mundo rico y en las zonas ricas del mundo pobre. Como señalan Frantz Fanon, Ramón Grosfoguel y Boaventura de Sousa, los conflictos en la “zona del ser”, donde se reconoce la humanidad de los trabajadores, se gestionan a través de la regulación, se pueden hacer valer los derechos humanos, laborales, las libertades de expresión y organización, y se puede trabajar por la emancipación sin ser asesinado o encarcelado. La violencia es excepcional. Por el contrario, en la “zona del no-ser” la violencia es lo habitual, al punto que podemos hablar de una guerra permanente y perpetua contra los de abajo. En el sur global el miedo es el modo básico de dominación y control.

En estas condiciones, los trabajos colectivos, como también los trabajos en salud, son medios para fortalecer la comunidad, los vínculos entre las personas, ya que son el tipo de relaciones que tienen efectos terapéuticos porque se tejen relaciones de confianza, se comparten las dificultades y las alegrías, las personas son escuchadas con respeto, no hay agresiones sino diálogo (11). Para las mujeres los trabajos colectivos son fuente de gran satisfacción, ya que se muestran a sí mismas y a la comunidad su capacidad creativa, elaboran medicinas, alimentos, ropas y consiguen autonomía económica para sus colectivos. Los trabajos colectivos las colocan en otro lugar, comienzan a modificar la tradicional relación de dependencia de los varones y del estado.

Estado y poder o dignidad y descolonización

Al no querer ocupar el estado ni tomar el poder, al apostar a que los pueblos construyan sus propios poderes, el zapatismo se talla, se trabaja, se cincela a sí mismo como diferente del amo. El amo dejó de ser espejo y referencia. Desaparece. Es apenas sordo recuerdo. No estamos ante la negación del amo, que es una realidad lejana, sobre todo para esa mitad de los zapatistas que nacieron en libertad, que tienen menos de 20 años de edad y llegaron al mundo después del 1 de enero de 1994. Ni negación ni deseo de ocupar su lugar. Si los zapatistas ocuparan el estado, aún en los espacios locales como los municipios, estarían ocupando el sillón del colonizador, el lugar del amo. Desde ese lugar sólo se puede administrar lo que existe, no es posible cambiar el mundo: ni expropiar a los expropiadores ni crear nuevas relaciones sociales. Al cambiar el mundo sin contar con el estado, los zapatistas se muestran como una fuerza descolonizadora, ya que la lógica estatal llegó a América Latina en las carabelas de los conquistadores.

Por otro lado, al no trabajar en las instituciones estatales liberan fuerzas humanas para la creatividad. El mundo nuevo es, básicamente, crear, inventar nuevas relaciones sociales luego de la expropiación de los medios de producción y de cambio a la burguesía. Crear es la mejor forma de descolonizar porque el colonizado deja de mirarse en el espejo del amo, se vuelve capaz de hacer un mundo nuevo no por oposición al viejo.

Como señala Fanon, el colonizado sueña con transformarse en perseguidor porque admira el mundo del colonizador. Con la creación de un mundo nuevo, diferente, referenciado no en el mundo del patrón sino en sus propias tradiciones, en las tradiciones generales de los oprimidos, copiando a la naturaleza e inventando, los zapatistas dejan de referenciarse en quienes los dominaron. Sobre todo las nuevas generaciones pueden sentirse orgullosas de lo que están creando.

La comunidad 8 de Marzo ocupa una parte de las tierras de lo que fue la finca Los Tulipanes de Pepe Castellanos, que tuvo 5.000 hectáreas. Otras dos comunidades ocupan el resto. Lo que han creado los zapatistas en lo que fuera esa finca, así como en otras tierras, no sólo no reproduce los modos de los hacendados sino que instauran formas bien distintas de vivir y de relacionarse con el medio ambiente. En este caso y a diferencia de lo que señala Fanon, las bases de apoyo ocuparon la tierra del hacendado, pero no tomaron su lugar: la casona de Pepe Castellanos alberga ahora la escuela y la sala de salud de la comunidad, pero las familias y las autoridades siguen en sus viviendas que son todas iguales, sin mayor diferencia entre ellas. Quiero decir que siguen viviendo como siempre, mejoran las condiciones de vida pero siguen ocupando su lugar material y simbólico como pueblos en resistencia.

Los zapatistas construyen poderes que son bien diferentes a los del estado. Cada nivel, comunidad, municipio y Junta de Buen Gobierno, son autónomos, tienen sus trabajos colectivos con los que sostienen el funcionamiento, como la alimentación y el transporte. Ningún nivel depende de los otros y muy en particular ni las comunidades ni los municipios dependen de las Juntas. En última instancia son las comunidades las que sostienen todo el andamiaje.

La integración de cada nivel de autogobierno autónomo es elegida en asambleas. Los miembros de la Junta de Buen Gobierno rotan cada semana o quincena entre los que integran los municipios. En el caso de Morelia son 60 miembros de los municipios que se rotan cada ocho días en turnos de doce personas, mitad mujeres y mitad varones. Esos 60 representantes son elegidos para un período de tres años. Hay entonces asambleas de las comunidades, que son muy seguidas, asambleas a nivel de municipio y de zona o región, que son cada dos meses, aunque la periodicidad suele ser flexible.

El alto nivel de rotación en los tres niveles, la multiplicación de asambleas para tomar decisiones y de comisiones para avanzar los trabajos, impide que se consoliden burocracias permanentes separadas y colocadas encima de la comunidad, que es una de las características que definen la existencia de un estado. Por eso creo que las instancias de toma de decisiones del zapatismo son poderes no estatales, aunque ellos no utilizan este concepto. Hay poder pero no hay estado. Hay quienes mandan, pero rotan cada cierto tiempo, y al mandar simplemente obedecen los que decidieron las asambleas. Las bases de apoyo de Morelia lo definen así:

La Junta de Buen Gobierno es la encargada de promover los diferentes acuerdos que se hacen en la asamblea de la zona. La Junta de Buen Gobierno es la encargada de ver que los planes y acuerdos de la asamblea de la zona se cumplan (…) Como autoridades de la Junta de Buen Gobierno, municipales y regionales no podemos realizar ningún plan o acuerdo si el pueblo no está de acuerdo, por eso antes de hacer algún plan primero se le pregunta a los pueblos (10).

El mandar obedeciendo es mucho más que un lema. Es un modo de hacer que se va abriendo paso tanto en el imaginario colectivo como en las prácticas concretas. Los siete principios que rigen el mandar obedeciendo son principios éticos: servir y no servirse; representar y no suplantar; construir y no destruir; obedecer y no mandar; proponer y no imponer; convencer y no vencer; bajar y no subir. Quiero destacar que no es un discurso, no son consignas para vocear, son principios éticos a los que intentan apegarse pese a las enormes dificultades que deben afrontar. Es el núcleo de lo que llaman “nueva cultura política”, que no podría haber nacido si los zapatistas estuvieran empotrados en el estado.

La dignidad es el norte que guía el modo de hacer de los zapatistas. La voluntad de autogobernarse a través de la autonomía, el no dejar que otros los gobiernen, está ligado a la dignidad. No quieren la hegemonía, no quieren que todos vivan como ellos, sólo quieren “que nos dejen en paz, que no nos mande nadie” Subcomandante Insurgente Marcos (11). La dignidad se relaciona con aquella observación de Fanon respecto al colonizado, su doble condición como explotado y como ser ninguneado, como humanidad que no existe.

Este segundo aspecto es el que trabaja la dignidad y que no puede resolverse con tener cosas materiales, por más vitales que sean para sobrevivir. El tema es cómo se consiguen esos bienes. Si los entrega el gobierno o el patrón como regalos, la subordinación permanece inalterada. En la medida que las bases de apoyo consiguen todo lo que necesitan por su propio esfuerzo, están en otro lugar, nadie les regaló nada, todo lo que tienen es fruto de su trabajo colectivo. 

* Aparte del libro, Descolonizar las rebeldías, de próxima publicación.

1 Subcomandante Insurgente Marcos (2008) “Palabras a la Caravana Nacional e Internacional de Observación y Solidaridad con las comunidades zapatistas”, 2 de agosto, La Garrucha, en http://enlacezapatista.ezln.org.mx/2008/08/02/platica-del-sci-marcos-y-el-tte-coronel-i-moises-con-los-miembros-de-la-caravana-que-llegaron-al-caracol-de-la-garrucha/ (Consulta 17 de abril de 2014). Subcomandante Insurgente Marcos (2006) “23° Aniversario del EZLN en la Casa del Doctor Margil”, Apodaca, 17 de noviembre, en http://enlacezapatista.ezln.org.mx/2006/11/18/17-de-noviembre-de-2006-23-anos/ 2 Subcomandante Insurgente Marcos (1999) “¿Cuáles son las características fundamentales de la IV Guerra Mundial?”, 20 de enero en http://palabra.ezln.org.mx/comunicados/2003/2003_02_b.htm 3 Puede consultarse el libro de Teodor Shanin (1990). 4 Prefiero usar estos términos en lugar de los clásicos público y privado, ya que en las comunidades indígenas no se verifica una reproducción mecánica de los patrones urbano-occidentales. La comunidad no encaja en ninguno de los dos conceptos. 5 EZLN (2013c) Resistencia Autónoma, Cuaderno de texto del primer grado del curso La Libertad según l@s Zapatistas., p. 59. 6 EZLN (2013c) op. cit., ., p. 32. 7 EZLN (2013c) Resistencia Autónoma, Cuaderno de texto del primer grado del curso La Libertad según l@s Zapatistas. pp. 6-12. 8 EZLN, 2013c: op. cit., p. 11. 9 Fanon, Frantz (2009) Piel negra, máscaras blancas, Madrid, Akal (1952, Seuil París). 10 Grosfoguel, Ramón (2012) “El concepto de “racismo” en Michel Faoucault y Frantz Fanon: ¿teorizar desde la zona del ser o desde la zona del no-ser?”, en Tabula Rasa, Bogotá, Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca, N. 16, enero-junio, pp. 79-102. 11 Santiago Vera, Cecilia (2011) “Chiapas, años de guerra, años de resistencia. Mirada psicosocial en un contexto de guerra integral de desgaste”, en Baronnet, Bruno, Mora Bayo, Mariana y Stahler-Sholk, Richard, Luchas “muy otras”. Zapatismo y autonomía en las comunidades indígenas de Chiapas, México, Universidad Autónoma Metropolitana. 12 EZLN (2013d) Gobierno Autónomo I, Cuaderno de texto del primer grado del curso La Libertad según l@s Zapatistas, p. 63. 13 Subcomandante Insurgente Marcos (2008) “Palabras a la Caravana Nacional e Internacional de Observación y Solidaridad con las comunidades zapatistas”, 2 de agosto, La Garrucha, en http://enlacezapatista.ezln.org.mx/2008/08/02/platica-del-sci-marcos-y-el-tte-coronel-i-moises-con-los-miembros-de-la-caravana-que-llegaron-al-caracol-de-la-garrucha/ (Consulta 17 de abril de 2014). Subcomandante Insurgente Marcos (2006) “23° Aniversario del EZLN en la Casa del Doctor Margil”, Apodaca, 17 de noviembre, en http://enlacezapatista.ezln.org.mx/2006/11/18/17-de-noviembre-de-2006-23-anos/

Contexto del Documento

El movimiento zapatista ha generado un amplio interés en América Latina por su particular enfoque en la autonomía y la construcción de alternativas al Estado. Desde su levantamiento de 1994, ha promovido modelos de organización social y gobernanza basados en principios comunitarios. Su propuesta ha sido estudiada como un referente de resistencia y de nuevas culturas políticas.

La creación de espacios de autoformación, como las ‘escuelitas’, representa una estrategia recurrente en diversos movimientos sociales para consolidar sus principios y valores. Estos espacios buscan transmitir conocimientos prácticos y éticos, fundamentales para la reproducción de sus proyectos políticos. Permiten una pedagogía propia, alejada de las instituciones educativas formales.

Preguntas frecuentes

¿Qué tipo de documento es este?

Este documento es un texto de reflexión y análisis crítico, publicado originalmente en 'desde abajo'. Presenta las percepciones de un observador sobre la 'escuelita zapatista', obtenidas a partir de una vivencia directa y una investigación previa. Se trata de una pieza que busca comprender las particularidades de la cultura política zapatista, contrastándola con otras experiencias.

¿De qué trata el documento "La escuelita zapatista: una nueva cultura política*"?

El texto aborda la experiencia de la 'escuelita zapatista' como un espacio de formación que revela una cultura política innovadora. Explora la ruptura del zapatismo con las tradiciones revolucionarias del siglo XX, destacando la centralidad de la ética, la escucha y el servicio a los pueblos. También compara la experiencia zapatista con la lucha nasa del Cauca.

¿A quién se dirigía originalmente este texto?

Originalmente, el texto se dirigía a los lectores de 'desde abajo', una publicación que difunde análisis sobre movimientos sociales y política. Su contenido sugiere un público interesado en comprender las dinámicas internas y las particularidades ideológicas del zapatismo. El autor comparte sus aprendizajes y reflexiones con quienes buscan profundizar en estas experiencias de lucha.

¿Por qué este documento sigue siendo consultado en la actualidad?

Este documento continúa siendo consultado por su análisis sobre la construcción de autonomía y nuevas formas de hacer política. Ofrece una perspectiva sobre la ética y la organización comunitaria que contrasta con modelos tradicionales. Su relevancia reside en la exploración de alternativas a las estructuras de poder establecidas, siendo un referente para estudios de movimientos sociales.